CRITICA HERCULES LA LEYENDA
¿Qué es lo que hace mala una película? Hay algunas como Hércules: el origen de la leyenda
que, desde luego, parecen llevarlo en el ADN. La nueva versión de las
aventuras del personaje mitológico es también la típica película de su
estudio, Summit Entertainment: un poco de romance marca Crepúsculo por
allí, ídolos juveniles por allá, una producción media (unos 60 millones
de dólares, que no lucen especialmente bien) y, en este caso, un
director que en su momento fue un artista más que solvente en el género
de acción, pero que ahora parece condenado a atravesar sus horas más
bajas.
Vale. Aceptamos Hércules. El origen de la leyenda
como película mediocre, e incluso mala. Pero al menos es una que
resulta simpática en su modestia. Se trata de una serie B eficaz en su
falta de pretensiones que sustituye el cartón piedra por las texturas
digitales de la muy exitosa epopeya 300 (de la que, por cierto,
está a punto de estrenarse un tardío spin-off) y que, pese a su falta
de emoción y verdadero espectáculo, al menos supone una oportunidad para
ensalzar anteriores trabajos de su director Renny Harlin, un realizador vinculado a cintas de terror y acción de los ochenta y noventa que, para este cronista, resultan arrebatadoras.
En efecto, películas como la espléndida Máximo Riesgo, la más que solvente (y violenta) La Jungla 2: Alerta Roja, la infravalorada Deep Blue Sea (uno de mis grandes placeres culpables), la casi revolucionaria Memoria Letal... hasta Pesadilla en Elm Street 4,
una más que recomendable secuela que exprimía el potencial cómico de
Freddy Krueger, definieron un estilo de cine comercial esteticista, pero
también burlón y eficaz de acuerdo a sus pretensiones. Un modelo de
espectáculo bastante alejado de armatostes pesimistas postmodernos y que
todavía privilegiaba cierta concisión narrativa y sí, por favor,
violencia gratuita.
Desgraciadamente, esos rasgos aparecen un tanto oscurecidos en esta Hércules. El origen de la leyenda, una aventurilla mitológica demasiado derivativa de 300, Immortals
y otras odiseas similares que son, en realidad, mucho peores que el
cine que solía facturar el finlandés durante los 90, una vez establecido
en EEUU. Oscurecido por las exigencias de una productora a la caza del
público joven, la cinta carece de un protagonista carismático (comparar a
Kellan Lutz, de la saga Crepúsculo, con Arnold Schwarzenegger o
Dwayne Johnson da bastante risa) y finalmente paga el peaje de ciertas
digresiones románticas. Pero al menos todo esto lo hace con desvergüenza
y humildad. Ese equilibrio entre película de sábado por la mañana y trash-movie
viene dada por, precisamente, el buen hacer de Harlin en las secuencias
de acción, siempre claras y vibrantes pese a la ridiculez reinante, y
su equilibrio entre la acción artesanal (ya sea digital o puramente
física: el uso del 3D es superior al de producciones mayores) con el
escueto guión. En otras palabras, esta Hércules
es una película obsoleta pero que no renuncia combatir con fuerza, y
que podía haber estado mucho mejor si su director no hubiese trabajado
con las limitaciones propias del cine franquiciado para la estrellita de
turno. Que la de Hércules se trate de una batalla perdida depende de las pretensiones del espectador.
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